El pabellón número seis.
Nos hemos mudado los hombres a un mundo en el que es inevitable el contagio de singulares enfermedades; el roce con personas, agraciadas o intolerables, que inevitablemente te van a contagiar, te disminuirán llevándote a la muerte. Dolerá la interacción. Reapropiándonos del viejo refrán: “no somos monedita de oro para congeniar con todos”. Es obvio, que avanzamos a pasos agigantados y cada vez menos necesitamos de otras personas, porque lo importante es competir, saber competir y la pregunta sería: es lo mismo competir con alguna desviación o enfermedad. Es débil el que mira atrás para apreciar en que sitio se encuentran sus contrincantes. Por eso, es contradictorio esperar que alguien te reconozca como persona y no como un duro rival. Y es más desesperante cuando tus facultades normales son desordenadas, ligado así, a enfermo. Enfermo apartado de una sociedad de rivalidad. Una que no acepta fallas, errores y mucho menos el no tener ardor y pasión por ser el mejor.
Reducidas, aparentemente, las posibilidades de enfrentarte en un limpio juego con las mismas armas, vas huyendo a las responsabilidades, a la sociedad, en términos más cercanos a tu familia, a ti mismo. y, no querer enfrentar ese yo interior, porque no quieres reconocerte menos, ni tampoco vencido hace la situación más compleja. Siempre ha sido, terror total aceptar los errores o admitir que ya no estas al cien por ciento en tus condiciones, legitimando que tus últimos anhelos serán llevados, si se puede, desde una camilla, en un frío cuarto, en el más aparatado hospital. Ya no tendrás derecho de sentir porque llevaras encima de tus hombros la gran responsabilidad de sólo sufrir y sufrir.
Desconcertado, llevado y rebajado a la nada, sentirás cólera y odiaras y trataras de difamar en cada una de tus palabras a aquel mundo que te rechazo, que te hizo a un lado y que en palabras, un tanto despectivas, te pisoteo. Un mundo falto de reconocimiento que olvida el vital papel que cumples en una sociedad, como peón que va moviendo el gran motor que la conforma. Que tal si no eres tu sólo el que se va, el que deja el cargo, sino que son otros, cientos, miles que también se van. Claramente, se destruirá y perderá la gasolina que tenía el motor de la sociedad, tan así, que ella no debería dejar ninguna de sus piezas claves pudrirse en hospitales rezagados a pura bazofia.
¿Qué sería más fácil y convincente decir: enfermedad o carencia? A simple vista parecerían lo mismo, pero si nos acercamos más a los términos desde una perspectiva un cuanto humana, descubriremos que una enfermedad es lo que es y nunca deja de serlo. Si hablamos de una gripe siempre la conoceremos como tal, nunca dejará de ser enfermedad. Pero, por el contrario, si decimos carencia, hablamos de “falta de” y muchas veces nos puede faltar hasta la enfermedad, o la misma fuerza que nos hace salir de la gripe. Si un día te ponen entre la espada y la pared, sufres delirio de persecución, o te dicen que has sido destituido de tu cargo, más que, estar enfermo, vas a encontrar carencia de todo: ganas, vida, ilusiones. Pensamientos… no hay nada más difícil que padecer carencia de algo. Siempre queremos más y ese es un dilema que aparece cuando estamos acostumbrados a ganar en toda competencia… un día llegó alguien y te arrazo dejándote en segundo y otro más… y más. Te das cuenta demasiado tarde y los barrotes, enfrente tuyo, ya no te dejan salir de ese fondo que has tocado.
Pabellón número seis, hombres acostumbrados a sobrevivir y distinguirse en clases sociales aparentemente reconocidas entre pequeños burgueses y nobles natos. Pero de que sirve hacer una distinción cuando un signo tras otro va derrumbando el pedestal en el que te encuentras. Tocas sótano, un Nikita que te golpea y una luna que se ve tras barrotes. Ya no sabes, si el que hubieras sido rey, hombre respetable o indigente importará. Lo único viable es alejarse de este mundo, aun sin ser consciente de un estado después de la muerte. Nunca deplorables fueron las palabras del poder en un momento dado llegar a la mendicidad o la cárcel. Pero ya en este punto que importa. Si ni siquiera en el pabellón eres tratado como un preso o un mendigo, sino como nada. Un loco más que tiene que sentirse antes agradecido de tener un lugar donde se le maltrate en todos los sentidos.
Aun así, tranquilízate, no te afanes, no te digo se fuerte. Simplemente, ten presente aunque la locura te lo impida que puedes tener una filosofía de vida con la que nadie nunca va a congeniar porque desde tu enfermedad, o locura extrema eres único, y, más allá, después de tu muerte sólo uno te juzgará. No con ojos traidores de ciudadano o ley de hombres, mas bien con legitimidad por lo que has hecho y porque como hombre tienes un valor especial “hoy muero y sólo espero que a mi funeral asista el que leyó este escrito, no me interrogue, sino que diga a muerto un buen hombre que sobre el papel compitió+. HERNAN FERNEY RODRIGUEZ G.

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